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  • emmaferrarini98

Mi lugar en el mundo



08.05

—Estoy volviendo. Por fin estoy volviendo.

Ese era el único pensamiento que tenía en la cabeza desde que el sol había mandado el primer rayito de luz hacia mi habitación, iluminándola y dándome de esta manera el mejor «buenos días» que podía desear.

Estaba lista. Maleta hecha, carné de identidad, cargador del móvil y tantas ganas de marcharme.

—¿Seguro que lo tienes todo? —me preguntó mi mamá, ya con las lágrimas en los ojos. Asentí con la cabeza y me acerqué para abrazarla. Déjà-vu. Según lo planeado, ella se echó a llorar.

En fin, ya se sabe, las despedidas son lo más duro, sobre todo para los padres que siempre quieren a sus hijos cerca, aunque ya hayan crecido.

Esta vez, sin embargo, la escena la cambió un pequeño detalle, un trozo de papel atado a un paquete con una cinta azul:

—Ábrelo solamente cuando estés en el avión —dijo mi madre, y con un último beso de adiós me fui, llevándome una extraña sensación en el estómago.


10.22

15.000 metros de altura. Miro por la ventana del avión. Mi mente se pierde en ese mar de nubes blancas y los recuerdos poco a poco salen a la luz y empiezan a contar la historia de mi viaje, del mismo viaje que estoy haciendo ahora, que hice la primera vez hace dos años y nuevamente hace seis meses.

Y así recuerdo. Recuerdo los inmensos campos verdes que parecían no acabar nunca, recuerdo el océano que con sus olas enormes convertía un día gris en el más soleado, enseñándome que a veces es necesario caer para levantarse con más fuerza. Recuerdo la lluvia, que me hacía compañía cada tarde de otoño cuando estudiaba en la biblioteca. Recuerdo las puestas de sol en la playa, para mí, una de las Sietes Maravillas del Mundo. Recuerdo las tapas de las 9 de la tarde con empanadas, tortilla y cachelos, que supuestamente se iban a tomar como aperitivo, pero al final siempre acababan por ser mi cena. Pero, sobre todo, recuerdo a gente maja y extrovertida que con su idioma tan bonito hacía que cada día fuera el más especial.


12. 45

— Dentro de breves momentos vamos a llegar a nuestro destino.

La voz de los altavoces del avión me hizo volver a la realidad. Abrí mi mochila para beber un poco de agua y vi el paquete de mi madre: dentro había un trozo de mi tarta favorita, sabía que era esa porque la suele hacer cada vez que empiezo un viaje; lo que me sorprendió fue el mensaje:

«Te amé lo suficiente, como para preguntarte a dónde ibas, con quién, y a qué hora regresarías a la casa.

Te amé lo suficiente, como para insistir en que ahorraras dinero para comprarte una bicicleta, aunque nosotros pudiéramos comprarte una.

Te amé lo suficiente, como para decirte que “no” cuando sabía que me ibas a odiar por ello.

Te amé lo suficiente, como para hacerte ver mi ira, desilusión y lágrimas en mis ojos.

Te amé los suficiente, como para dejarte ir ahora, esta vez definitivamente, porque sé que cuando una persona encuentra su lugar en el mundo ya no puede salir de él».


12.50

Esta vez lloro yo también. No sé qué encontradas emociones se están manifestando en mi cuerpo, pero estoy feliz. Porque sí, es real. Galicia, estoy aquí otra vez.


Emma Ferrarini




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