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Sinhogarismo de una rosa.


Bufano Mirella - Casadei Virginia - Giudice Gabriele



Cuando la ciudad se convierte en una enorme librería y floristería al aire libre, ya sé que ha llegado mi día. Para mí, el 23 de abril es una fecha importante, porque por una vez los humanos demuestran un profundo respeto por la naturaleza, y las de mi especie, en particular, somos protagonistas en ese día. Todos están pendientes de nosotras y de nuestra perfección: nuestro perfume, la suavidad de nuestros pétalos, nuestra armonía.


Durante el día de Sant Jordi somos la máxima expresión del amor: las calles se llenan de habitantes del lugar y de viajeros procedentes de todas partes del mundo, los cuales suelen pasear entre los puestos de rosas en búsqueda de un obsequio para la persona amada.


Una joven estudiante, acompañada de su pareja y de una maleta rosa, paseaba entre los puestos ubicados delante de la Casa Batlló, justo donde yo yacía. Ambos se veían tristes, melancólicos: la presencia de la maleta y sus tristes rostros dejaban claro el hecho de que estaban a punto de separarse. Yo fui el único motivo por el cual ella esbozó una sonrisa en el momento en que su novio me miró, me levantó delicadamente del puesto y me entregó a ella con mucha dulzura.


—Es para que te haga compañía durante el largo viaje. — le dijo él.


Llegó la hora de la dura despedida, en la Estación de Francia. Mientras subíamos al tren, las lágrimas de ella mojaron mis suaves pétalos.


Después de despedirse una última vez de su pareja desde la ventanilla del tren, me ubicó encima de un libro que llevaba consigo: Vocabulaire essentiel du français. Quizás vaya a Francia para aprender el idioma, pensé.


Evidentemente iba a ser un viaje muy largo, pero afortunadamente nosotras nos teníamos que bajar en la primera parada: Narbona. Se me hizo eterno el recorrido hasta la primera ciudad francesa debido a que el sol abrasador que entraba por la ventanilla me dejaba cada vez más sin vitalidad. Poco antes de llegar a Narbona, mientras mi dueña estudiaba su libro, el furioso viento que entraba en el vagón me movió de mi ubicación y me hizo caer al suelo, alejándome de su vista y haciendo que se olvidara de mi presencia. Mientras se preparaba para bajar, sin darse cuenta, me pisó con su maleta y me dejó sola en el tren, tumbada en el suelo, mientras el proceso de marchitamiento aceleraba.


Cuando la vi marcharse sin mí, entendí que mi destino, entonces, sería otro, uno que yo desconocía.


Cuando percibí el silbato del tren y el rumor metálico de las ruedas sobre los raíles marcando la reanudación de la marcha, nadie me había recogido todavía. Un sinfín de pasajeros cruzaron las puertas del vagón, buscaron el sitio que les correspondía, se sentaron y resoplaron con atisbos de desgana. Los pocos que se dieron cuenta de mi presencia me dirigieron una mirada distraída, evitaron pisotearme y siguieron con su inapetente desfile por el pasillo del tren. De repente, me encontré entre las manos de un hombre. Él se sentó, sacó un pequeño vaso de plástico de su maletín de cuero envejecido, lo llenó de agua y me posicionó ahí, sobre la mesa, justo frente a él. El contacto con el agua me despertó de mi somnolencia, pronto percibí una inesperada sensación de frescura y, por un instante, creí reverdecer. Lo observé: detrás de sus pequeñas gafas de lectura se escondían ojos melancólicos, pensamientos sombríos. Me observó y acarició suavemente una de mis hojas, con la ternura de quien sabe cuidar a las existencias frágiles porque reconoce su importancia. Cogió un lápiz y empezó a dibujar mi silueta en el espacio blanco de la fotocopia de su billete. Trazaba líneas dulces y seguras, su atenta mirada enfocaba antes mi perfil y después su obra. A la hora de reproducir mis espinas colocó la punta de su índice sobre una de ellas y ejercitó una ligera presión, como para averiguar que no fueran realmente dañinas. Volvió al dibujo. Llegó el momento de realizar mis pétalos. Se acercó, me acarició y me olió. Me tocó con la punta de la nariz y percibí unas ligeras cosquillas. El artista no tenía colores para rellenar mis pétalos. Me pregunté qué tonalidad habría elegido. Los humanos siempre nos dibujan rojas, sin captar nuestros matices. Deseaba que sus ojos notaran la presencia del amarillo brillante de la parte interna de mi corola, cerca de mi sépalo, y del naranja que iba oscureciendo hasta generar un maravilloso rojo vivo. El tren paró. El hombre observó por la ventanilla: Gare de Paris Lyon. París. Me cogió y bajamos juntos. Nada más salir de la estación, de la muchedumbre de la ciudad un codazo volcó mi vaso, me encontré atónita e inerte en el polvo de la calle, en una mezcla de olor a cloaca y violentas ráfagas de viento, que en una danza infinita empezaron a empujarme hacia las caóticas calles de la capital francesa.


Me quedé vagando en la insensatez del alboroto de estas callejuelas, viendo a los hombres merodeando por la ciudad obra de sus manos, los vi afanados en busca de sus presas. Mis espinas empezaron a desgastarse, soy una rosa y sin espinas me hundo en el abismo de la muerte. No soy como los humanos, que consiguen vivir en la total desafección a la vida y a los sufrimientos. Vi la revolución, esa revolución salobre que se te pega en los huesos, esa revolución que buen nombre lleva y que solo trae una eterna venganza. Vi a los revolucionarios, que me machacaron, me dejaron desnuda, con el humo asfixiante de las bombas, con el asfalto ardiente que se reflejaba en los chalecos amarillos de esos revolucionarios y los pasos de los pelotones de los antidisturbios me producían un leve temblor en la puntilla de los pétalos. Quería lo básico de la existencia, solo una gota de agua, solo un rayo de sol, pero la revolución era más importante. En esa gacha roja de agua y pétalos me quedé agonizante, hasta que una mano carnosa y áspera me rescató, sostuvo mi tallo marchito, me acercó a sus ojos. Le vi. Vi la inocencia de la humildad, vi mi imperfección en sus ojos, vi mi corrupción, vi mi muerte lenta. Ese hombre era un basurero. Me levantó, se puso a hacerme ondear como si entre sus dedos tuviera el estandarte de la victoria. Me di una vuelta y vi la belleza, vi el arte de ese mismo ser que me había dejado a la soledad de mi muerte. El Arc de Triomphe. Y ante esa sinuosidad de la roca fruto del arte de mi asesino, me pregunté por qué mi verdugo no vuelve a construir cosas bellas, por qué no me quiere. Es este el relato de mi breve vida, de la vida de una rosa marchita, que ha tenido el don de la palabra.


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