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  • Foto del escritorLeonardo Agostini

A través de sus ojos

Actualizado: 5 jul 2021

Salomé Koval y Leonardo Agostini


Es un lindo día, hacía mucho tiempo que el sol no brillaba de esta manera. Sus rayos iluminan la majestuosa estancia y sus amplios alrededores, el reflejo de las flores llenas de insistentes abejas que revolotean de aquí para allá para hacerse con un poco de polen se puede apreciar en el lago. Y allí cerca, un gran rosal. Siempre me pregunté por qué los dueños de la estancia decidieron plantar rosas botero. Supongo que habrá sido por el perfume intenso de sus pétalos rosa oriente, o quizás por lo alto que suelen trepar. De todas formas, si no hubiesen elegido ese tipo de flor yo no estaría aquí. Soy una de esas flores, de esas rosas botero. Me gusta donde vivo, suele haber buen tiempo, y por las tardes sopla una pequeña briza que roza suavemente mis pétalos, casi como una caricia. Los jardineros hacen un muy buen trabajo, viven aquí con nosotros en la estancia y nos cuidan todos los días. De vez en cuando la dueña de la estancia, María, creo, por como la llama su marido, se acerca al rosal y se sienta al lado del lago sobre el prado. A veces con un libro, y cuando la lectura la envuelve empieza a leer en voz alta, compartiendo sus historias con nosotras. Dentro de mi pequeño mundo, jamás habría imaginado que existiesen tantas historias y mundos diferentes. Paisajes áridos, historias de amor en un lugar llamado Londres, un clima tan frío donde cae algo llamado nieve que no llego a entender por completo porque nunca lo he visto. De todas esas historias que María nos cuenta, hubo una que llamó mucho mi atención. Hace dos días, me dejé embriagar por su voz mientras leía sobre una ciudad llamada París.


Una atmósfera mágica envolvía la ciudad. Edificios, casas, rincones y entresijos suscitaban descubrimiento y contemplación, de maravilla. Nos dejamos transportar por aquellas palabras, que en ese momento habían dejado de pertenecer a ellas mismas y al escritor, nos pertenecían a todas nosotras. Y en algún momento, sin darme cuenta, las palabras se alienaron completamente, se volvieron sordas. Se presentó ante mí París, sin haber ido, sin siquiera haberla conocido.

De repente, la mirada del autor se posó en un balcón, por lo que entiendo, una prolongación hacia afuera de un gran edificio “barroco”, algo un poco romántico y un tanto pomposo. En aquel balcón, una flor, roja, tendía su tallo camino al cielo en búsqueda del poquito sol que penetraba entre los edificios, un rayo amarillo que parecía excavar su camino entre las grandes rocas ciudadanas. Un pequeño rincón de paraíso protagonizaba la escena, verde como las hojas que me adornan, del cual salían rojos pétalos románticos. Me mimeticé con aquella rosa en el balcón, como si fuese ella. Mis ojos no podían solo posarse en los detalles, sino que se encontraban vivos, erráticos, sin encontrar descanso alguno, como si fuese una búsqueda de algo que tal vez no era tan claro, o tan definido.

Instantes de la ciudad se presentaban ante mis ojos: un amplio boulevard flanqueado por árboles verdes y salvajes que lo protegen y le dan vida, estrechas callejuelas empedradas donde la luz del sol ilumina los pequeños cafés, fachadas de edificios donde se encuentran las anárquicas trepadoras formando arabescos que evocan épocas pasadas. En la lejanía, una gran torre de hierro vigila la ciudad, imponente.

Sentía que, al igual que aquella rosa, pertenecía a esa tierra de alientos profundos y de abrazos cálidos. Si nos mirabas desde abajo, podías ver nuestro manto y nuestros pétalos recortarse sobre el cielo azul, el mismo cielo que se puede apreciar en París y en la finca de la señora María. Poco importan las diferencias que nos separan, detalles nimios e insignificantes. Miles de kilómetros de tierra se interponen entre nosotras, y aun así nuestras raíces crecen hacia abajo, en la misma tierra, aunque separada y mezclada con otras. Miles de nubes llenan la distancia entre nosotras, y aun así, nuestros tallos crecen y nuestros capullos se abren hacia el mismo destino. Y de allí cae la misma agua que nos alimenta y que nos viste de resplandor vivo, y de la cual se originaron todos los seres de la tierra, que ahora solo esta misma agua puede mantener en vida.



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