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  • annachiaralabbate

Cuando uno encuentra su lugar en el mundo, ya no puede salir de él

Cuando acabé el instituto tenía dieciocho años. Y a los dieciocho años tenía miles de sueños y expectativas para el futuro, me sentía el chico más valiente del mundo y, con toda esa fuerza de ánimo que tenía dentro de mí, pensaba que iba a comerme ese mundo. Estaba harto de vivir en mi pueblito: siempre las mismas personas, con la misma mente cerrada. Tenía ganas de conocer a la otra gente, viajar y respirar un poco, porque me había dado cuenta en mis viajes de que, afuera del microcosmo en que me había criado, había mucho por descubrir. De alguna manera me sentía oprimido y creía que si no me marchaba lo antes posible, acabaría volviéndome loco. Tampoco pensaba que iba a echar de menos mis montañas, las montañas con las que seguía levantándome todos los días durante mi vida y que, de asombroso ejemplo de la magnitud de la naturaleza, se volvieron para mí límite y otro elemento que acrecentaba ese agobio interior.

Entonces me fui y me trasladé a una ciudad más grande para estudiar Derecho. Las amistades universitarias y la oferta de todo tipo de actividades y entretenimiento que proporcionaba la ciudad consiguieron abrirme a la diversidad, a la comunicación y al encuentro con los demás. Todo era completamente nuevo para mí. Nuevo y fascinante. Sentía que me estaba haciendo un hombre y tenía en las manos el futuro, que ya no me asustaba. Pero cuando regresaba a mi casa todos los días por la noche y me encerraba en mi habitación, sentía que me faltaba algo. Que los logros y la fama que había logrado estudiando y trabajando no bastaban para sentirme feliz. Sentía como un vacío interior inexplicable. Aunque al principio pensaba que me iba a comer el mundo, en aquel momento parecía que el mundo me estaba comiendo a mí. Me di cuenta de que era mucho más frágil de lo que pensaba y que echaba de menos mis montañas, mi pueblo, los viejitos que encontraba todos los días jugando a las cartas, los senderos que solía recorrer de adolescente buscando un rincón aislado de los demás, el aire puro y fresco, mis seres queridos.

De repente lo tenía todo clarísimo: me había pasado la vida entera intentando encontrar algo diferente y mejor de lo que me rodeaba y, al final, acabé comprendiendo que me había alejado paulatinamente de lo que más necesitaba. Mi pueblo. Mi familia. Mi lugar en el mundo. Y reconocí que una vez uno encuentra su lugar en el mundo (o mejor, entiende cuál es), ya no puede salir de él. Y yo no voy a salir de él.


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